El Mercurio de Valparaíso, publicado el viernes 2 de marzo de 2018.


Actualmente los efectos del cambio climático nos son familiares y es de esperar que en años venideros sean cada vez más frecuentes y causen mayor impacto en nuestra calidad de vida. Uno de estos efectos es la escasez hídrica, la cual nos está llevando a buscar nuevas fuentes de agua. En ese sentido, Chile siempre ha mirado al mar como una fuente de agua casi inagotable. Y es por ello que se han construido numerosas plantas desalinizadoras en el norte del país, donde el ratio disponibilidad/demanda de agua es más desfavorable. Esta tecnología nos permite obtener agua potable a un costo razonable, siempre y cuando, se trate de abastecer a ciudades cercanas a la costa. Pero este costo puede llegar a duplicarse -incluso a triplicarse- cuando se trata de ciudades ubicadas al interior, debido a los gastos de capital y operación asociados al transporte.

Pensemos en un posible escenario futuro donde el gran Santiago pudiera ver comprometida la seguridad de suministro de agua potable. ¿Sería factible solucionar un déficit de agua para una ciudad sin salida al mar de 8 millones de habitantes, a través de plantas desalinizadoras? Sin duda, una solución como esta sería compleja y costosa, además de requerir mucho tiempo para su implementación. Habría que plantearse, entonces, otras alternativas que incluso lleguen a cambiar nuestra percepción del concepto de recurso hídrico.

Países como, por ejemplo, Singapur, Estados Unidos, Israel o Namibia ya han encontrado un nuevo recurso hídrico: los efluentes de las plantas de tratamiento de las aguas servidas (PTAS), los cuales son sometidos a filtración mediante membranas para obtener agua potable. Esta solución puede causarnos rechazo e incluso perplejidad, pero en estos países esta primera impresión ha evolucionado hacia la aceptación por parte de la población gracias a campañas sociales y comunicacionales que han acercado estas innovadoras tecnologías a los ciudadanos, mostrándoles que la calidad de agua obtenida es mejor a la del agua potable convencional.

Chile podría pensar en replicar este modelo, pero lamentablemente en la mayoría de los casos la calidad de los efluentes de las PTAS, en términos de compuestos nitrogenados, no es adecuada para poder obtener agua potable. La razón no se debe a un mal funcionamiento de las PTAS, sino al hecho de que la normativa chilena establece un límite relativamente alto de dichos compuestos, contrariamente a lo que ocurre en otros países. Una solución a este problema podría pasar por la implementación de procesos avanzados en las PTAS, tales como el Anammox, que permitan obtener efluentes de mejor calidad para su posible reuso doméstico. La aplicación de este proceso implicaría un aumento  mínimo en los costos de operación y permitiría mantener la actual configuración de las PTAS.

A través de dicho proceso, el nitrógeno amoniacal contenido en los efluentes de las PTAS se transforma en nitrógeno, gas inocuo que se libera a la atmósfera. Actualmente, el proceso Anammox ya se está aplicando a nivel mundial en más de 150 PTAS. En este sentido, se puede percibir como un proceso novedoso, pero ya consolidado, y por ello su implementación debería considerarse en Chile como pieza clave para aumentar nuestros recursos hídricos y, así, ganar la partida a los efectos del cambio climático.