Diario Clarín, publicada el 16 de junio de 2018.


Entendió la naturaleza en todas sus dimensiones: desde la décima de milímetro hasta el Sistema Solar. Hoy, cuando la ciencia y la tecnología avasallan con su ritmo irrefrenable, el pensamiento de Albert Einstein se vuelve más actual que nunca.

La larga sombra de Albert Einstein se proyecta con reconfortante frescura sobre el mundo contemporáneo, habitando los entresijos más insospechados de nuestra realidad cotidiana. La mayor figura intelectual del siglo XX nos habla desde todas partes, pero como si se tratara de un trauma de infancia que nuestro inconsciente se esmera en esconder, su obra y legado se mantienen secretamente guardados en las aulas universitarias o en las entrañas de maravillosos dispositivos tecnológicos que usamos despreocupadamente a diario, aceptando ciegamente su mágica utilidad. Ya Einstein se quejaba de este fenómeno. “Me he transformado en un viejo solitario, principalmente conocido por no usar calcetines, que es exhibido como una curiosidad en ocasiones especiales”, escribía en 1942.

Pero que la gente fuese sorda a su discurso no era lo que más le dolía. Lo que de verdad lo enfurecía era que no pudiésemos escuchar los gritos de auxilio de las víctimas de la guerra y de las atrocidades de las tiranías que azotaban Europa.

Aunque también le preocupaban otras sorderas: al murmullo del cosmos, que impedía a algunos aceptar los nuevos rumbos que la ciencia estaba tomando, a la música o a cualquier manifestación estética que enalteciera el espíritu.

Quizás por eso, cuando en 1928 se enteró de que la cantante lírica Olga Eisner, buena amiga suya, estaba perdiendo la audición, de inmediato tomó cartas en el asunto. Entendía la enorme tragedia que para un músico significaba la pérdida de su sentido más preciado. Contactó a otro de sus amigos, el ingeniero e inventor Rudolf Goldschmit, con quien estaba cerca de obtener la patente para un sistema de reproducción de audio, pensando que un dispositivo similar, de menor tamaño, podría ser implantado en el oído de Eisner y permitirle recuperar su audición.

Son poco conocidas las historias de ciencia aplicada del físico teórico más célebre de la historia aunque durante su vida le fueron otorgadas decenas de patentes. No tuvo mucho éxito como inventor, con la excepción del diseño de un refrigerador silencioso y eficiente que ideó con Leo Szilard en 1930.

Ninguna de sus invenciones tuvo un impacto importante en nuestras vidas. Y es que las innovaciones más profundas y disruptivas no suelen encontrarse buscándolas.

El caso de Einstein no fue distinto. Jamás habría imaginado que sus bellas teorías fundamentales del espacio y el tiempo, de la materia, la luz y la energía, no sólo cambiarían nuestra concepción de la Naturaleza, sino que acabarían siendo parte de nuestra vida cotidiana.

Einstein terminó sus estudios en 1900, cuando la física permitía entender los fenómenos naturales en escalas que iban desde la décima de milímetro hasta el Sistema Solar. Él fue el principal responsable de que un siglo más tarde hayamos ampliado este rango hasta límites inverosímiles: desde las partículas elementales hasta el universo observable.

La Teoría de la Relatividad, que forjó casi en solitario, no hace más que confirmarse un día tras otro. La cereza sobre el postre ha sido la reciente detección de ondas gravitacionales, oscilaciones del espacio-tiempo que viajan a la velocidad de la luz casi sin modificarse, trayendo información de eventos violentísimos ocurridos en los confines del cosmos. También fue uno de los pioneros de la Mecánica Cuántica, que nos permitió sumergirnos en el universo microscópico.

Estas fantásticas teorías nos han regalado innovaciones que ni el más ocurrente escritor de ciencia ficción podría haber soñado.

El GPS, por ejemplo, que hace un uso crucial de su Teoría de la Relatividad al tener en cuenta que el ritmo al que transcurre el tiempo sobre la superficie del planeta es más lento que el de los relojes que están en los satélites artificiales utilizados para triangular nuestra posición.

O el láser, una herramienta tecnológica indispensable, basada en un comportamiento de la luz descrito por Einstein en 1917. Incluso la computación cuántica, una tecnología que promete revolucionar la informática, le debe mucho a un enigmático trabajo que escribió con Boris Podolsky y Nathan Rosen en 1935. El Einstein más relevante para el desarrollo tecnológico ha sido el físico teórico, no el inventor.

Einstein no pretendía buscar gloria o fortuna a través de las patentes en las que trabajó. Lo impulsaban las mismas emociones que lo incentivaron toda su vida: el amor a la Naturaleza y a la cultura.

Vivió su juventud en Alemania y Suiza, en tiempos en los que allí florecía una de las sociedades culturalmente más extraordinarias de la historia, rebosante de ciencia, arte y filosofía. Ante sus propios ojos y en muy poco tiempo, esta realidad transmutó en el escenario del horror más estremecedor del que tengamos memoria.

Renunció a la nacionalidad alemana cuando Hitler alcanzó la cancillería. Estaba en Amberes y, de hecho, nunca regresó a Alemania. Ya había renunciado a ella antes, cuando fue convocado al servicio militar. No creía en las fronteras, de modo que, ¿cómo podría estar dispuesto a pelear contra otros seres humanos por el mero hecho de haber nacido en lugares distintos?

La Segunda Guerra Mundial tuvo como colofón el uso de armas nucleares contra la población civil en los bombardeos de Hiroshima Nagasaki. Einstein, uno de los pocos grandes físicos radicados en Estados Unidos que no participó en el desarrollo de este armamento, comprendió de inmediato las graves consecuencias que tendría para la humanidad una carrera armamentística que en ese momento todavía no había comenzado.

Junto a Bertrand Russell y otros intelectuales iniciaron las conferencias Pugwash, orientadas a informar a los gobiernos de los enormes riesgos que se corrían en caso de explorar esos funestos caminos. Tenía razón. Periódicamente vivimos ante la posibilidad de que algún país utilice estas armas. Las conferencias Pugwash siguen celebrándose y Argentina tiene representantes en ella, custodiando el valioso legado del pacifismo de Einstein.

Einstein es la más grande muestra de amor, pasión y genio creativo en pos de la especie humana. Un destilado de lo más sublime que nos regaló el siglo XX y un testigo presencial de sus momentos más siniestros; un gran clásico que no pierde relevancia y frescura y que, como diría Italo Calvino, “nunca deja de decir lo que tiene que decir”. Pongamos atención. Escuchemos a Einstein.

* Columna escrita junto José Edelstein, profesor de física teórica de la Universidad de Santiago de Compostela, España.