Capital, publicado el 21 de septiembre de 2017.


 

En los últimos años, se ha producido una explosión mundial en el desarrollo y uso de tecnologías de Inteligencia Artificial (IA) en la industria y los negocios. Sin embargo, su impacto ha ido más allá de lo tecnológico convirtiéndose en un factor gatillante para la mejora de la economía. Según estudios recientes de Accenture y Boston Consulting, en los próximos años, la IA podría generar un importante salto cuantitativo en la productividad y competitividad de los países. Más allá de las universidades y centros de investigación que llevan décadas desarrollando las teorías y tecnologías que actualmente se utilizan para hacer posible la IA, organismos internacionales como el World Economic Forum han comenzado a estudiar cómo el impacto de la IA beneficiará a la industria y a los distintos sectores productivos. Claramente estamos frente a la próxima revolución tecnológica y, en este escenario, la carrera por convertirse en líderes mundiales en el desarrollo de IA se ha iniciado con fuerza. Así ha quedado demostrado en países como  Estados  Unidos, Canadá, y China que van a la vanguardia en este tema, inviertiendo  recursos y desarrollando  estrategias nacionales para potenciar la Investigación y Desarrollo (I+D) e Innovación en IA.

En el caso de Chile, las iniciativas de I+D en IA se remontan a los años ochenta, centrándose  mayoritariamente en las universidades, las cuales invirtieron en la formación de académicos. Así, en las decádas posteriores, comenzaron a surgir algunos proyectos y tecnologías que se han ido transferiendo de manera incipiente desde las universidades hacia la industria.

Sin embargo, a pesar de estos esfuerzos y de las iniciativas impulsadas por los distintos gobiernos para potenciar el desarrollo tecnológico y la innovación, esto no ha sido suficiente para atraer a los expertos y lograr un impacto significativo en la productividad, desde las universidades chilenas a los diversos sectores de la economía. Por otro lado, el Estado también ha fomentado programas para la transformación digital y/o automatización en las  empresas, pero éstos se han enfocado principalmente en la utilización e incorporación de TI convencionales para reducir brechas digitales y resolver las asímetrías de información, orientados más que nada en las  PYMES.

Así, a pesar de esfuerzos aislados, Chile sigue operando como un consumidor de tecnologías, altamente dependiente de lo que dictan los países más avanzados. Un aspecto relevante, si consideramos  que la restringida matriz productiva de nuestro país es uno de los factores que continua frenando y determinando el salto cuantitativo en la productividad. El mismo estudio de Accenture citado con anteriorodad señala  que,  comparado con otros países de la región, Chile experimentó una variación anual promedio de la Productividad  Total de los Factores (PTF) de -0.8% y –2.3%, para el período 2006-2010 y 2011-2015, respectivamente. Sin embargo, y como confirman estos reportes, Chile es el país de la región que está mejor preparado para desarrollar y liderar la IA. En particular, esta tecnología tiene el potencial de  lograr que Chile alcance un crecimiento cercano al 4.5% del Valor Agregado Bruto (VAB), respecto al 3.5% del VAB actual (sin considerar IA). Esto es,  un aumento de 1%, en un plazo aproximado de 18 a 20 años. Como referencia a nivel  internacional,  los mayores aumentos en VAB se proyectan para Estados Unidos y Finlandia, con un 2% para cada uno de estos países.

Esta proyección  y potencial de Chile se debe, en parte,  a la existencia de un ecosistema propicio para el desarrollo tecnológico y el acceso al capital, así como a una cultura emprendedora en auge. Por otra parte, nuestra institucionalidad  genera confianza lo cual  atrae la inversión extranjera. El país, además, cuenta con universidades que poseen estándares internacionales y que están preparadas para generar el conocimiento científico y tecnológico requerido.

¿Pero qué tiene la IA que no podría lograrse con las TI convencionales? Las TI  se basan en la mecanización de tareas rutinarias previamente definidas para algún proceso o tarea productiva, mientras que la ciencia de la IA se centra en la automatización de tareas complejas que requerirían inteligencia si las hiciera el hombre. De ahí, que el foco de la IA está en todas las funciones cognitivamente complejas que realizamos para resolver problemas y que impactan la toma de decisiones: aprender y adaptarse a partir de la experiencia, entender el lenguaje, buscar eficientemente las mejores soluciones entre varias alternativas, procesar información visual y planificar cursos de acción para lograr objetivos, entre otras. Todas estas funciones son  extremadamente demandantes y están presentes en las problemáticas de sectores productivos que van desde los servicios de atención a clientes, hasta la conducción autónoma de un vehículo y la planificación automática de turnos en una industria, por ejemplo. La incorporación de IA traería, sin duda, beneficios evidentes en la productividad de labores usualmente realizadas por el hombre, permitiría la automatización de tareas complejas y reduciría costos.

Aún así, para dar el gran salto y lograr que nuestra economía se beneficie de la IA, existen varios desafíos. El primero de ellos es la definición de un programa o  estrategia nacional que potencie la I+D e Innovación en IA y que vincule efectivamente la industria con la academia. Por otra parte, están la inversión en capital humano y la formación adecuada de profesionales calificados que puedan desarrollar y aplicar estas nuevas tecnologías;  el fomento a la inversión privada; la generación de start-ups específicas relacionadas a la IA y la necesidad de un marco legal  que regule aspectos relacionados con la automatización, empleabilidad y uso de datos.

La IA, sin duda, implica un  gran desafío estratégico que permitirá mejorar la productividad y el desarrollo de nuestra  la economía. Para ello será clave que los sectores público y privado tomen conciencia sobre la importancia y el impacto de la inversión en estas nuevas tecnologías, así como de la formación de capital humano avanzado para los retos que se avecinan.