Revista Capital, publicado el jueves 22 de diciembre de 2016


En el estudio de grabación de Oh Mercy, el productor Daniel Lanois decidió inmortalizar la voz de Bob Dvlan utilizando un micrófono Sony C-37A. Quizás no le diga mucho esto. Salvo honrosas excepciones, como es el caso del estiloso Shure 55 que acompaña a tantas imágenes de Elvis, los micrófonos suelen pasar desapercibidos. Después de todo parecen ser sólo dispositivos que permiten capturar el sonido para luego amplificarlo usando altavoces o inmortalizarlo en una grabación. Dan la impresión de ser sólo tecnología, totalmente desprovista de carácter. Nada más falso. El micrófono es un delicado instrumento musical electrónico. Uno de los primeros y sin duda el más importante de aquella familia que, a principios del siglo XX, hizo de imanes, diodos, condensadores y resistencias, protagonistas habituales del escenario.

El C-37A ya era una reliquia cuando se grabó Oh Mercy en 1989. Había sido fabricado en 1958, y se había transformado en un estándar de la industria musical. Era un favorito de Frank Sinatra, y el “arma secreta” de Daniel Lanois. Permitía al cantante acercarse tanto como deseara sin crujir ni perder fidelidad. La noche del 18 de septiembre, en un estudio imprcrasado en el interior de una vieja casa en Nueva Orleans, Dylan se acerca por primera vez a este micrófono, y rozándolo con los labios canta “We live in a political world/ love don’t have anv place”. La vibración de una placa metálica bajo la superficie del C-37A conduce a una serie de eventos electromagnéticos que nos permiten experimentar ese instante hoy: el nacimiento de uno de los grandes trabajos de Dylan.

Cada inflexión de voz, cada susurro, gruñido o respiración se transforman en un potente sonido musical. No por nada la palabra “micrófono” tiene ese prefijo: “micro”. No se trata sólo de amplificar, se trata de que podamos escrutar cada textura, cada cadencia, como si analizáramos el sonido con un microscopio. El micrófono transporta nuestro oído allí mismo en donde se encuentra la fuente sonora. Es Dylan contándonos historias, cantándonos al oído.

Sin micrófono no tendríamos trovadores, cantantes de tango o crooners imponiendo su cantar casual por sobre orquestas, o roqueros haciéndose escuchar entre guitarras eléctricas. Pero además, el micrófono no es un instrumento neutro. Al igual como el sonido de una violín depende de la forma y material de su caja de resonancia, el color sonoro que otorga un micrófono depende de sus entrañas electrónicas. En estos términos, el Sony C-37A es un Stradivarius de metal y vidrio.

El audión

Quizás le parezca exagerado, incluso ofensivo comparar la sutileza sonora de una pieza única, artesanal, como un Stradivarius, con la frialdad serial e industrial de un micrófono. Comprensible. Pero mírelo de otro modo. En este dispositivo está parte de la historia intelectual humana: desde los comienzos del estudio de los fenómenos eléctricos y magnéticos por Tales de Mileto en el siglo VT a.C., hasta el día en que el físico inglés James Clerk Maxwell formuló la teoría completa del electromagnetismo en el siglo XIX. Esta larga saga es al menos tan impresionante como la de una familia de artesanos.

Fue el origen de un aluvión de desarrollos tecnológicos. Si antes teníamos corrientes de aire para mover molinos y hacer cantar flautas, ahora disponíamos de corrientes eléctricas, igualmente poderosas para accionar maquinaria y producir sonidos.

Una de las primeras grandes victorias en la carrera por el sonido electrónico la consiguió Lee de Forest, físico nacido en Iowa, que en 1906 inventa el “audión” hoy conocido simplemente como “tubo de vacío”. Se trata del primer amplificador electrónico de audio.

Cuando se produce un sonido el aire vibra. Si medimos la presión en un punto, observaremos cómo aumenta y disminuye dibujando patrones que se repiten. Un instrumento electrónico es capaz de producir estas mismas vibraciones, pero no en el aire, sino que en un circuito eléctrico. La corriente eléctrica esto es, el caudal de electrones que se mueven a lo largo de un metal conductor, es la que aumenta y disminuye. Luego, el trabajo de un altavoz será transformar esa señal electrónica en sonido.

A fines del siglo XIX y principios del XX había gran actividad en el desarrollo de la transmisión de sonidos a larga distancia: la telefonía y la radio estaban naciendo. Uno de los problemas mayores era que la señales que capturaba el receptor resultaban tremendamente débiles. Fue así como la industria estaba volcada en el desarrollo de amplificadores.

El diseño de Lee de Forest es simple y original: dentro de un tubo de vidrio al vacío, es decir, sin aire se disponen dos terminales conductores conectados a una batería. El cátodo, conectado al polo negativo, es calentado por medio de un filamento incandescente. El calor rompe las barreras que mantienen a los electrones -de carga negativa- atrapados en el material permitiéndoles liberarse y llegar hasta el otro terminal el ánodo, de carga positiva, que los atrae y captura. De este modo se consigue una corriente eléctrica en forma de un haz de electrones que surca el vacío existente entre los terminales.

De Forest introdujo un tercer terminal, una rejilla conductora ubicada entre el cátodo y el ánodo. Al conectar una batería a ésta, podía controlar la corriente que fluía entre los terminales. Un exceso de carga negativa en la rejilla repele a los electrones que salen del cátodo, dificultando su viaje. Un déficit ayuda al flujo, aumentándolo. De este modo, De Forest podía manejar una corriente grande a partir de otra pequeña. La pequeña señal en la rejilla era reproducida entre los terminales, pero con caudales de corriente mucho más grandes: el dispositivo estaba amplificando la señal.

El condensador

Como Dylan y De Forest, Edward Christopher Wente era originario del Medio Oeste estadounidense. El ingeniero de 27 años trabajaba para Bell-Labs cuando en 1916 dio con otra idea revolucionaria. Un nuevo “transmisor telefónico”.

Los micrófonos de principios de siglo eran de calidad insuficiente para la transmisión de audio inteligible o música, dificultando el desarrollo de la telefonía, industria que requería urgentemente mejorar la situación. Wente lo consiguió. Su micrófono consiste en dos unidades. Primero, un condensador. Este es un dispositivo electrónico conformado por dos placas conductoras paralelas que no se tocan.Cuando se conectan a una batería, electrones viajan desde el cátodo acumulando carga negativa en una placa, mientras son removidos de la que está conectada al ánodo, cargándola positivamente. Rápidamente se acumulan demasiados electrones en la primera placa, por lo que la batería no puede continuar remontando las fuerzas de repulsión entre cargas negativas, y la corriente deja de fluir. Mientras siga conectado, el condensador simplemente mantendrá cargas eléctricas constantes y opuestas en sus placas. La capacidad del condensador para acumular carga depende de la distancia que separa a las placas. Es el fenómeno que aprovechó Wente: si una de las placas es delgada y flexible, la onda de sonido la hará vibrar, cambiando esta distancia e induciendo un reacomodo de cargas: una pequeña corriente con idéntico patrón al de la onda sonora. El condensador transformó una señal de presión mecánica en una eléctrica. La corriente así producida pasará ahora por la segunda unidad del micrófono de Wente, un audión. Este la amplificará lo suficiente como para transmitirla por cables.

Dylan eléctrico

El micrófono de condensador con que Dylan grabó Oh Mercy no era muy distinto al que concibió Wente y que nos acompaña hasta nuestros días. La amplificación ya no suele ser ejecutada por el audión que diseñó De Forest, sino que por el más moderno y barato transistor. El tubo de vacío, sin embargo, no ha querido morir. Productores como Lanois y guitarristas como Clapton, lo prefieren. Dicen que el sonido amplificado por estos clásicos dispositivos brinda una textura incomparable. Es que las corrientes eléctricas no son muy distintas a las vibraciones mecánicas en cuanto a ser modificadas por el medio que las conduce. También hay misterio y artesanía en esto. Dylan lo entendía como pocos, y en eso residió uno de elementos fundamentales de su éxito.

Fue en 1965 cuando Bob Dylan revolucionó la escena musical. Ante abucheos y la mirada incrédula de críticos y fans se subió al escenario del Festival de Música Folk de Newport con una guitarra eléctrica en sus manos. Su estilo había evolucionado hacia algo que daría un giro al rumbo de la música popular. Se dice que ante las críticas dijo: “Bueno, que se vayan al infierno si creen que pueden mantener la electricidad fuera de aquí”. Era un heredero de Tales, Faraday y Maxwell. Un explorador como Wente y De Forest. Quizás por eso partió su recital con la canción Maggie’s Farm. Una nueva era comenzaba mientras membranas conductoras, condensadores, tubos de vacío, imanes y electrones ponían su coreografía electrónica en marcha a merced de las ondas sonoras que emitían los labios de Dylan: “Intento lo mejor que puedo/ Ser como soy/ Pero todos quieren/ Que seas igual a ellos/ Dicen que cantes mientras trabajas como esclavo y yo me aburrí”. Y así fue: la historia del rock nunca sería la misma.