La Tercera, publicado el 15 de junio de 2017


Hace unos días comenzó oficialmente la construcción del Extremely Large Telescope (ELT), con la colocación de la primera piedra de lo que será el mayor telescopio óptico del mundo. Desde uno de los puntos más áridos del planeta, seremos capaces de observar con más nitidez que nunca las profundidades del espacio, pudiendo aumentar nuestro entendimiento sobre agujeros negros, formación de planetas y las primeras galaxias de nuestro universo, una vez que comience su funcionamiento en 2024.

El ELT se suma a la familia, cada vez más numerosa, de telescopios de última generación que se instalan en Chile, como ALMA y Paranal, que nos han posicionado en el centro de la astronomía mundial. El impacto que han tenido estos desarrollos en la astronomía chilena es enorme: desde el año 2000 el número de astrónomos ha aumentado más de 10 veces y la cantidad de alumnos que estudian la carrera de astronomía ha crecido en más de 15 veces. Hoy es común ver investigaciones relevantes en el área, en las que participan astrónomos chilenos o que han sido desarrolladas con datos obtenidos en los observatorios que tenemos en el país.

Pero este aumento en el interés y avance en la astronomía nacional no es el único fruto. El desarrollo de la tecnología necesaria para el funcionamiento de estos telescopios también pasó a ser un foco de investigación en el país. Son varios los investigadores de diferentes universidades -así como también de centros de investigación- que están desarrollando los sensores que serán usados para generar las imágenes que permitirán nuevos descubrimientos, los sistemas de control para manejar con extrema precisión estas obras de ingeniería o los algoritmos para procesar posteriormente la enorme cantidad de datos capturados. Ya son varias las universidades que han creado centros de “Astroingeniería” cuyo objetivo es, justamente, potenciar el trabajo conjunto entre quienes desarrollamos herramientas de ingeniería y quienes desarrollan y utilizan estos proyectos astronómicos.

Si bien estos avances parecen limitarse a temas científicos lejanos al día a día, la complejidad y envergadura de estos proyectos astronómicos, así como los desafíos de su gestión posterior, requieren innovaciones en un área distinta: la investigación de operaciones. Esta es una de las áreas centrales de la ingeniería industrial, que busca desarrollar modelos matemáticos para dar apoyo en la toma de decisiones y gestionar recursos escasos de forma eficiente. ¿Cómo ordenamos los proyectos de observación teniendo en cuenta las restricciones de tiempo, los requerimientos de preparación y la capacidad y mantenimiento que requieren estos observatorios?, ¿Cómo podemos detectar y diagnosticar fallas en sistemas tan complejos, de forma rápida y eficiente?

Los modelos matemáticos requeridos para entender estos problemas y los algoritmos desarrollados para resolver esas dificultades, son los mismos que se podrían aplicar, por ejemplo, a empresas de sectores como la alimentación, salud o transporte. Los adelantos que estamos haciendo hoy, desde la investigación de operaciones, para responder esas preguntas podrán ser usados directamente en nuestra industria nacional, apoyando su eficiencia y desarrollo.

Es de esperar que la construcción del ELT sea un impulso para el desarrollo de nuevos proyectos que fomenten el trabajo multidisciplinario de ingenieros, científicos y astrónomos. El apoyo de nuevas iniciativas como las que han promovido en el pasado Corfo y el Ministerio de Economía para fomentar el desarrollo local de soluciones en Astroingeniería, dará un mayor impulso y traerá consigo nuevas oportunidades profesionales y de investigación para los futuros ingenieros, en un mundo donde todavía queda mucho por explorar y descubrir.