A 30 años del desastre de Chernóbil

26/04/2016 Noticias

José Maldifassi, académico de la FIC comenta sobre uno de los mayores desastres ambientales de la historia.

El sábado 26 de abril de 1986 ocurrió una de las catástrofes más impactantes del siglo XX. A pocos kilómetros de Chernóbil, ciudad que hoy pertenece a Ucrania pero que en ese entonces formaba parte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, tuvo lugar uno de los desastres ambientales más violentos de la historia.

Durante un procedimiento en la central nuclear de Vladimir Ilich Lenin, cerca de las 2 de la madrugada, se sobrecalentó el núcleo del reactor nuclear provocando una explosión. “En Chernóbil hubo una explosión química. El reactor comenzó a generar mucha potencia y el circonio, que es el material que envuelve a las vainas del elemento combustible, en este caso el uranio, produjo una reacción química que separó el hidrógeno del oxígeno en demasiada cantidad. Se produjo entonces mucho óxido de circonio, y ese óxido de circonio liberó hidrógeno. Lo que ocurrió en Chernóbil fue una explosión química donde el exceso de hidrógeno reventó el reactor”, explica José Maldifassi, experto en energía nuclear y profesor de la Facultad de Ingeniería y Ciencias de la UAI.

El desastre provocó la muerte instantánea de 31 personas, la evacuación de más de 130 mil habitantes de 155 mil km2afectados y una alarma internacional en más de una docena de países de Europa y Asia.

600 mil «liquidadores» trabajaron posteriormente para descontaminar la zona cercana al accidente. La «zona muerta», comprendida por los 30 km circundantes a la central quedó aislada y hasta el día de hoy está contaminada con radiactividad por lo que toda actividad de negocios, residencial o turística está estrictamente prohibida. Su administración incluso está fuera de las leyes civiles y sus trabajadores sólo pueden permanecer en la zona por un período corto de tiempo de hasta un mes como máximo.

Se estima que sobre 5 millones de personas se vieron afectadas en mayor o menor medida por dosis de radiación, pero incluso tres décadas después no existe información concluyente respecto a la incidencia en la mortalidad y enfermedades provocadas a la población.

Después de la catástrofe, se construyó un sarcófago para aislar al reactor que había hecho explosión. Tras largo debate con el gobierno Ucraniano, la comunidad internacional financió el costo del cierre permanente de la central, que se finiquitó el año 2000.

Los efectos a largo plazo de este desastre sobre la salud de las personas y animales aún se estudian. El 2011 todavía existía preocupación por la contaminación de los suelos de las zonas afectadas ya que las sustancias liberadas tienen un período de desintegración superior a las 3 décadas, por lo que las plantas e insectos aún están absorbiendo materiales tóxicos que luego entran en la cadena alimenticia.

“Yo soy testigo de Chernóbil, el acontecimiento más importante del siglo XX, a pesar de las terribles guerras y revoluciones que marcan esta época. (…) Los radionúclidos diseminados por nuestra Tierra vivirán cincuenta, cien, doscientos mil años. Y más. Desde el punto de vista de la vida humana, son eternos. Entonces, ¿qué somos capaces de entender? ¿Está dentro de nuestras capacidades alcanzar y reconocer un sentido de este horror del que seguimos ignorándolo casi todo?”. Con esa reflexión, Svetlana Alexiévich, periodista bielorrusa y Nobel de Literatura 2015, comienza su libro “Voces de Chernóbil”, que como según explica, no trata del accidente en sí, sino que de todos los sentimientos, emociones, vivencias y estragos que provocó el hecho. Para la escritora este desastre “es un enigma que aún debemos descifrar. Un signo que no sabemos leer. Tal vez el enigma del siglo XXI”.

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