La Tercera, publicado el domingo 25 de julio 2019.


Es difícil hacer predicciones, particularmente sobre el futuro, dice un proverbio danés. En el terreno de la ciencia, esa sentencia es aún más exacta, ya que es una actividad que se sitúa en los límites del conocimiento, allí desde donde la oscuridad y el misterio se extienden, enormes, en todas direcciones. Es ese panorama de incertidumbre infinita el bello y estimulante paisaje que ha incentivado a los hombres y mujeres de ciencia desde siempre. Es por lo que en muchas ocasiones, los más importantes científicos de nuestra historia, aventurándose con predicciones sobre el futuro de la ciencia y la tecnología, no han hecho más que abultar la lista de cómicos ejemplos sobre la imposibilidad de adivinar lo que hay tras la bruma de nuestra ignorancia.

Lord Kelvin, uno de los más prestigiosos e influyentes físicos ingleses del siglo XIX, fue en una ocasión invitado a formar parte de la Sociedad Aeronáutica Real. En su carta de respuesta, en diciembre de 1896, Kelvin escribe al Mayor Baden-Powell: “He estado muy interesado en su trabajo con volantines; pero no tengo ni la más mínima molécula de esperanza en la navegación aérea más allá de los globos aerostáticos […] por lo que usted entenderá que no estoy interesado en ser miembro de la Sociedad Aeronáutica.” Solo siete años después, los hermanos Wright lo mostraron equivocado.

ero más frecuentemente se da la situación inversa, en que una desbordada confianza en nuestra especie hace que grandilocuentes promesas del pasado nos terminen decepcionado. Unos cincuenta años atrás eran muchos los que habrían apostado sus cabezas que por estos días los viajes interplanetarios serían rutinarios, que la energía barata y limpia de la fusión nuclear sería ubicua. Veinte años atrás muchos sostenían que los computadores cuánticos estarían ya en todas partes y que los automóviles autónomos dominarían nuestras avenidas. Y en este arte de hacer predicciones, las mentes más privilegiadas no parecen ser mejores que aquellas del común de los mortales.

Dentro de la multiplicidad de predicciones en ciencia y tecnología hay dos que destacan por su pomposidad y por la forma en que se repiten generación tras generación. Primero, la inminente llegada de la teoría final de la física, que será capaz de explicar y predecir cualquier proceso microscópico fundamental. Stephen Hawking, por ejemplo, escribió en 2001 un artículo en el que predecía que durante el siglo XXI se encontraría esta teoría. Incluso apostaba, con 50% de probabilidad que ésta se hallaría durante los próximos 20 años, cosa que ya parece bastante claro que no ocurrirá. Para Hawking, la exploración de la ciencia hacia lo más pequeño tenía que tener un límite, ya que existe una escala natural, llamada escala de Planck (un centímetro dividido en mil billones de trillones), bajo la cual la así llamada gravitación cuántica debiese operar, dejando sin sentido las nociones tradicionales de distancia. De este modo, asumiendo que las leyes fundamentales se encuentran en las entrañas más diminutas de la materia, éstas debiesen tener un límite de la misma manera que existe un límite en el número de muñecas dentro de una matrioshka. Una vez que encontremos esas leyes, tendríamos a nuestra disposición las llaves del universo, su manual de instrucciones. El resto sería usarlas en contextos cada vez más complejos, desde la ciencia de materiales hasta la psicología social. Por supuesto, esta tarea no sería fácil, pero dado el acelerado desarrollo de computadores con poder de cálculo y memoria cada vez más descomunal, el camino estaría pavimentado hacia la comprensión absoluta de cualquier fenómeno.

Esto último nos lleva a la segunda de las grandes predicciones de la ciencia y la tecnología: el advenimiento de máquinas pensantes que terminarán con la hegemonía humana sobre el planeta. Quizás también con nuestras vidas tal como las conocemos. La “singularidad tecnológica” que especulaba el gran matemático y uno de los creadores de los computadores modernos, John von Neumann, y que, por estos días, cuando palabras como “deep learning” y “big data” se han transformado en lugares comunes, parece estar más cerca que nunca. Empresarios como Elon Musk y Ray Kurzweil advierten sobre la fusión de hombres y máquinas, y de computadoras que mejorarán sus partes y programas de manera autónoma, provocando una escalada imparable en la inteligencia artificial y en la robótica. Un apocalipsis seguro. O, en el mejor escenario, la cesantía laboral e intelectual para todo homo sapiens que habite el planeta. Como testigos del increíble desarrollo de la informática en las últimas décadas, parece un desenlace bastante natural.

El final de la ciencia, el final de la historia, el final del hombre ¿estamos predestinados realmente a sucumbir ante las máquinas? Creo que no, aunque esta predicción, o antipredicción contradiga todo este discurso. Esas profecías tienen más relación con nuestros miedos, deseos o con necesidades de levantar fondos de inversionistas incautos.

Sobre el fin de la ciencia, o más particularmente de la física teórica, hay muchos científicos que piensan que realmente ocurrirá. Algunos piensan que más tarde o más temprano, existirá una teoría que dará cuenta de todas las interacciones fundamentales de la naturaleza. Incluso hay quienes sostienen que la teoría de supercuerdas, que ha tenido un desarrollo vertiginoso durante las últimas décadas es la elegida, y que solo hacen faltas algunos retoques para que la gran obra de las ciencias físicas esté completa. Otros piensan, y es la postura que veo con más simpatía, que una teoría final es algo que no tiene ningún sentido. Las teorías son, después de todo, construcciones humanas, y no hay que ser religioso para sostener la posibilidad de que los misterios del universo sobrepasen nuestras capacidades intelectuales, y que la ciencia sea un excitante viaje por un mar infinito de ignorancia. El físico Freeman Dyson, es un ejemplo de este punto de vista: “El mundo de la física es realmente inagotable […] Emil Wiechert tenía razón cuando decía que `el universo es infinito en todas direcciones’ ”, dice en su libro cuyo título pide prestado a Wiechert, “Infinito en todas direcciones”. Nada más que nuestros propios prejuicios podrían impedir esa matrioshka de infinitas muñecas.

Hay otro argumento, particularmente demoledor, que puede ser usado tanto en contra de la teoría final como de la inminente supremacía de las máquinas. Lo formuló Albert Einstein en una conferencia en Oxford, en 1933. Allí Einstein mostró que la ciencia no se trataba de descubrir, sino que de inventar. Sus argumentos eran incontestables, ya que estaban basados en un ejemplo que él mismo había construido en su práctica científica. La ley de gravitación de Einstein y aquella que había formulado Isaac Newton más de 200 años antes tenían mucho en común. De hecho, para campos gravitacionales suficientemente débiles y objetos suficientemente lentos, las dos teorías son virtualmente idénticas. Ambas predicen con exactitud desde la trayectoria de manzanas u otros proyectiles, las mareas, las órbitas de los planetas (salvo la de Mercurio que experimenta un campo gravitacional intenso, y cuya minúscula desviación a los preceptos newtonianos fue la primera victoria de la teoría Einstein), hasta las distribuciones de masas en galaxias. La teoría de la gravitación de Newton es tan precisa y poderosa que, para la gran mayoría de los problemas prácticos asociados a la fuerza gravitacional, seguimos utilizándola. Entonces, ¿Qué ocurre si un gran computador del futuro fuese alimentado con una infinidad de datos acerca de movimientos estelares y planetarios compatibles con la teoría de Newton? ¿Cuál sería la teoría que postularía como correcta? Einstein decía que esta duplicidad mostraba cómo las teorías científicas no eran una inevitable consecuencia de las observaciones, sino que una invención libre de la mente humana. Una que además descansaba, lejos de los datos, sobre motivaciones lógicas y estéticas. De ser así, es difícil pensar en una teoría final, ya que el manual de instrucciones del universo debe ser único y no debiese tener relación con la imaginación humana. Por otra parte, el argumento de Einstein muestra que cualquier definición de inteligencia que podamos imaginar no puede tener relación con big data. La gravitación de Einstein se formuló sin datos. Fueron solo la consistencia entre distintos ámbitos de la física y la estética sus motivaciones. Por supuesto, como siempre debe ocurrir en ciencia, posteriormente fueron los datos (la órbita de Mercurio, la deflexión de rayos de luz de estrellas que pasaban cerca del sol) los que la validaron. Esto no significa, claro está, que haya algo sobrenatural en la inteligencia. Solo significa que no porque entrenando computadoras podamos hacerlas reconocer rostros, podemos extrapolar sus funciones hasta equipararlas con el cerebro humano, que parece tener funciones que no están basadas en una simple exposición a grandes cantidades de datos. Quizás la lógica de nuestro cerebro descanse sobre principios biológicos y matemáticos que aún no soñamos en comprender.

Es muy posible entonces que en 50 años más los avances en inteligencia artificial y en procesamiento de gran cantidad de datos sean impresionantes. Seguro que dependeremos de esas tecnologías como hoy de los motores de combustión. Pero que nos controlen, que se fusionen con nuestra biología, o que encuentren alguna teoría final, bueno, eso es harina de otro costal. A menos, claro, que una demoledora revolución intelectual en física, matemáticas o biología, lleve a toda nuestra civilización a un mundo que no podemos siquiera imaginar. Que está fuera de toda predicción.