La Tercera, publicado el viernes 6 de septiembre de 2019.


Hace algunas semanas se publicó en los medios de comunicación una noticia sobre una reunión entre el Ministro de Hacienda y los líderes de la Confederación de la Producción y del Comercio. En la foto que acompañaba la noticia no aparecía ninguna mujer. Puede que esto no nos sorprenda porque “la norma” es ver a hombres liderando grandes corporaciones. Tampoco llama la atención que en un estudio reciente de Egon Zehnder Chile sobre diversidad de género en directorios de empresas listadas en la Bolsa de cinco países de América Latina, Chile aparezca cuarto con solo un 9% de mujeres ocupando cargos directivos. Y a pesar de que se habla de avances, la realidad es que las mujeres siguen estando subrepresentadas en muchos espacios de la sociedad. Según el Foro Económico Mundial, si el mundo sigue aplicando los mismos paños tibios al problema de la inequidad de género nos demoraríamos unos 108 años en alcanzar la paridad. No podemos esperar tanto.

Lo que sí sorprende es que a pesar de la abundante evidencia sobre el “caso de negocio de la diversidad de género”, el sector empresarial siga sin comprender que el país pierde billones de dólares por no incorporar a más mujeres en cargos directivos. La diversidad de género es financieramente rentable ya que se asocia con aumentos en ingresos por ventas, mayor cantidad de clientes y mayor rentabilidad relativa. Según la consultora McKinsey, empresas con una mayor diversidad de género en su plana ejecutiva tienen un 21% más de probabilidad de alcanzar márgenes operacionales superiores al promedio, comparado con empresas con un equipo ejecutivo menos diverso.

Las perspectivas y experiencias que aportan personas diferentes potencian la creatividad dentro de los equipos de trabajo. Esto incentiva una aproximación innovadora a la solución de problemas y a la definición de estrategias corporativas. La diversidad también es “rentable” en el mundo científico pues estimula la inteligencia colectiva en equipos de investigación, los vuelve más creativos y abre la puerta a nuevos descubrimientos.

 Dados los desafíos de desarrollo sostenible que enfrenta el mundo y la necesidad imperante de soluciones innovadoras, se avecina una demanda incremental de habilidades vinculadas a las áreas de la ciencia, tecnología, ingeniería y matemática (STEM, por sus siglas en inglés). Y es aquí donde los estereotipos sociales y culturales, que tienden a asociar a estas áreas con lo masculino, afectan a las mujeres. En efecto, a pesar de que la OECD afirma que la matrícula de mujeres en educación terciaria ha sobrepasado a la de hombres, la tendencia es que ellas no superan el 30% de la matrícula en carreras STEM, salvo contadas excepciones.

La implementación de iniciativas efectivas en el ámbito público y privado que contribuyan a acelerar la tasa de participación femenina en roles productivos son fundamentales para activar decididamente el crecimiento del país. Debemos dejar atrás los estereotipos y prejuicios que previenen que la mujer desarrolle todo su talento y potencial. Cuando hombres y mujeres entendamos por igual lo que ganamos con la diversidad, se consolidará por fin el cambio cultural que necesitamos para alcanzar la equidad de género.