La Tercera, publicado el viernes 5 de julio de 2019.


Los casi tres minutos de eclipse total fueron una ensoñación. La oscuridad llegó de golpe, el sol se transformó en un disco negro contorneado por el fulgor de su corona. Una breve y fría noche frente al mar hizo repentinamente protagonistas a las luces de la bahía de Coquimbo, a las estrellas y a un cinematográfico resplandor rojizo que brotaba de la tierra desde el noreste. El tiempo pareció detenerse mientras los gritos de las miles de personas que abarrotaban la playa de Peñuelas se tornaban en apenas un murmullo apagado por la sordina de una intensa emoción ancestral.

La luna había comenzado a cubrir la esfera solar una hora antes, poniendo en marcha un fenómeno que ya se sabía hace más de cien años que iba a ocurrir en este lugar. Estaba anunciado en el “Canon de Eclipses” publicado por el astrónomo y matemático Theodor von Oppolzer en 1887, un trabajo en el que recopilaba información detallada sobre todos los eclipses solares que habían ocurrido desde 1207 a. C. y que ocurrirían hasta el año 2161. Von Oppolzer había hecho una obra monumental, recopilando cálculos y haciendo él mismo, con paciente virtuosismo, muchos otros. Con el tiempo, las predicciones se fueron refinando mucho, gracias a una cada vez más precisa comprensión del movimiento de la luna y al advenimiento de los computadores electrónicos. Por eso sabíamos que el eclipse total de este martes 2 de julio se alcanzaría exactamente a las 16:38 con 16 segundos.

No era extraño entonces que la gente llegara desde todas partes, en una lenta peregrinación, a ser testigos del fenómeno astronómico. Las playas se comenzaron a ocupar temprano. Como si se tratara de una calurosa tarde de domingo en verano, era difícil encontrar un lugar libre en la arena. Pero se trataba de un frío día de invierno que pronto se comenzaría a enfriar más en la medida que la luna fuera bloqueando la radiación solar.

No era extraño entonces que la gente llegara desde todas partes, en una lenta peregrinación, a ser testigos del fenómeno astronómico. Las playas se comenzaron a ocupar temprano. Como si se tratara de una calurosa tarde de domingo en verano, era difícil encontrar un lugar libre en la arena. Pero se trataba de un frío día de invierno que pronto se comenzaría a enfriar más en la medida que la luna fuera bloqueando la radiación solar.

La magia de milenios de física, matemáticas y astronomía se perpetró a la hora señalada, sin decepcionarnos ni un solo segundo. Los gritos, los abrazos y la noche hacían del momento uno muy similar al que se vive en la celebración del Año Nuevo. No era extraño: después de todo, ése es el único otro evento que organizamos con precisión de segundos.

A pesar de lo que han contado tantos testigos de eclipses anteriores, jamás imaginé que la fuerza emocional de este evento pudiese remover con tal intensidad la sensación de arraigo cósmico. Son tantas las historias pasadas en las que hombres y mujeres corrieron a buscar eclipses o los encontraron accidentalmente. Son historias intensas, a veces con un propósito científico: como en aquella expedición que hace cien años comprobó que la luz obedecía a los preceptos de la teoría de gravitación de Einstein. En otras, sólo se ha perseguido la belleza inigualable de un evento a escala cósmica. Así, ante un sereno paisaje que parece haber sido sedado por la luna, recuerdo que la belleza y la ciencia son uno y el mismo propósito. Y recuerdo a Janssen, a Lockyer, a Lorenz.

Orán, 22 de diciembre de 1870

Era poco antes del mediodía del jueves 22 diciembre de 1870. Jules Janssen tenía los instrumentos dispuestos. El eclipse ya había comenzado, pero las nubes cubrían completamente el cielo de Orán, en Argelia. El astrofísico francés esperaba que las nubes se disiparan antes de comenzar la total oscuridad. Era sólo cosa de suerte. Los eclipses podían ser predichos con mucha anticipación y exactitud. Pero la trayectoria y formación de nubes era, hasta ese momento, un tirar de dados.

Janssen pensaba que quizás algún día podríamos entender la dinámica de las nubes con la misma precisión de la de los astros, y así saber con años de anticipación si los cielos estarían despejados en cualquier lugar de la Tierra.

Tenía listo su espectrógrafo para medir con precisión el contenido cromático proveniente de la atmósfera del Sol: era una luz muy tenue, que sólo podía observarse cuando la sombra de la Luna oscurecía el cielo. Dos años antes, en un eclipse total que observó en la India, Janssen había encontrado un componente lumínico inesperado. Pensaba que sólo podía deberse a la presencia de un elemento químico nuevo, jamás visto en la Tierra. El inglés Norman Lockyer también había observado el fenómeno. Ambos, sin embargo, querían asegurarse repitiendo el experimento. Por eso, Lockyer también había preparado una expedición, pero a Sicilia, para estudiar el eclipse de 1870.

El nerviosismo de Janssen aumentaba a medida que pasaban los minutos y el cielo se mantenía cubierto. No era sólo una cuestión científica. Era adicto a los eclipses. Había visto muchos, y la sensación que le provocaban no tenía rival. Una adicción fácil de comprender para todos los que esta semana vivimos ese instante se belleza surreal en las playas y desiertos del norte.

Janssen había salido de un París sitiado por el ejército prusiano, el 2 de diciembre. Lockyer le había conseguido salvoconductos para cruzar las filas enemigas en una expedición científica, pero él se negó a aceptarlo. Quizás por patriotismo, quizás porque su expedición también tenía como fin sacar de París documentos militares. Salió en globo, cruzando las filas enemigas kilómetros arriba.

Pero las nubes no eran sensibles a esta historia de coraje. Jamás disiparon y Janssen no pudo ver el eclipse. Lockyer tampoco: al menos salió ileso del naufragio del barco en el que se dirigía a Sicilia. Ambos siguieron buscando eclipses, y el nuevo elemento, que Lockyer llamó Helio (de Sol en griego), fue confirmado y observado también en la Tierra.

Este martes tuvimos mejor suerte que Janssen. Pudimos mirar un eclipse solar sin nubes y disfrutar la hermosa atmósfera solar con su perlada corona y sus rojas prominencias.

Connecticut, 24 de enero de 1925

“La vida de un astrónomo de eclipses es como la de un cazador persiguiendo a una gran presa”, escribió Samuel Mitchell. El eclipse de 1925 fue temprano en la mañana, y el astrónomo canadiense estaba junto a su equipo en Connecticut esperando que las nubes se disiparan. Esta vez sí ocurrió. Y afortunadamente no sólo para los estudios de la corona solar que realizaba Mitchell, sino sobre todo por una sencilla escena que sucedía no muy lejos de allí: la de un niño de ocho años que observaba deslumbrado el fenómeno. En silencio miraba el cielo sin entender qué le provocaba tanta fascinación.

Fue esa fascinación, sin embargo, la que lo llevó a enamorarse de la ciencia. Edward Lorenz -así se llamaba ese niño que miraba el cielo- estudió Matemáticas y se especializó en Meteorología, aunque fue astrónomo amateur toda su vida.

En 1961, Lorenz resolvía las ecuaciones de la atmósfera utilizando un gran computador electrónico. Estaba intentando un modelo que pudiese simular y predecir las condiciones del tiempo. Introducía un conjunto de variables climáticas conocidas en un instante, para que luego el computador resolviera las ecuaciones de las cuales se obtendrían las mismas variables en el futuro. Pero algo muy extraño sucedió cuando intentó repetir uno de sus cálculos. En lugar de repetirlo exactamente, y para ahorrar tiempo, no comenzó esa simulación con los valores iniciales de las variables, sino con unos que el computador le había entregado a medio camino del intento anterior. Fue a tomar un café mientras esperaba los 50 minutos que demoraría el proceso. Cuando volvió, comprobó con estupor que los resultados eran absolutamente distintos. ¿Qué había ocurrido? Pronto lo supo: los datos no los introdujo con total precisión (con todos los dígitos después de la coma), tal como el computador se los había entregado. Él pensaba que eso no debía importar, que una diferencia ínfima en los datos iniciales no podía ser relevante. Pero no era así: una minúscula variación en las condiciones iniciales parecía implicar una variación colosal en los resultados. En una famosa conferencia titulada “¿Puede el batir de alas de una mariposa en Brasil provocar un tornado en Texas?”, Lorenz inauguró la teoría del caos.

Predecir las condiciones climáticas no era cosa de tiempo, como pensaba Janssen. Había un problema más profundo. Los eclipses podíamos predecirlos con años de anticipación por la naturaleza de las ecuaciones que describen su movimiento. Pero otras ecuaciones, como las de la atmósfera, no tienen esa propiedad: presentan caos. Ya se sabe, por ejemplo, que aquí mismo donde estoy, en Coquimbo, habrá un nuevo eclipse el 12 de marzo de 2165. Durará 2 minutos y 13 segundos y la oscuridad total será a las 9:07 con siete segundos. Pero ni siquiera podemos predecir si habrá alguien para verlo.

Coquimbo, 2 de julio de 2019

La fascinación por el fenómeno que rodea a un eclipse es difícil de eclipsar. Difícilmente exista un homo sapiens que se salve de esa sensación. Personalmente, la adicción se apoderó de mí este martes.
Será difícil olvidar esos dos minutos. No había nadie, cien kilómetros a la redonda, que no estuviese mirando el cielo mortecino. Todos poniendo atención a un fimamento que por estos días, particularmente en las grandes ciudades, tenemos olvidado. Ya sea por la contaminación atmosférica, lumínica o por nuestra forma de vida, nos perdemos de muchos fenómenos cotidianos. Nubes extrañas, halos solares y lunares, estrellas fugaces y parhelios; todos olvidados o despreciados por su impredictibilidad.

Pero ahora fue distinto, porque lo sabíamos con precisión. Y porque es particularmente extraordinario: nuestra pequeña Luna eclipsando al enorme Sol, la estrella que nos ilumina, que nos da calor y nos suministra virtualmente toda la energía que consumimos. La Luna haciéndose protagonista del día, enviando al Sol a un segundo plano. Las miradas convergían sobre la Luna, en una comunión cósmica de gentes que no podíamos contener la intensa embriaguez, la felicidad y el terror atávico que nos provocaba ese solemne momento.